Barras de acero con resaltos (corrugas) que se embeben en el hormigón como armadura. Asumen los esfuerzos de tracción que el hormigón no resiste.
El acero corrugado son las barras que forman las armaduras del hormigón armado. A simple vista se reconocen por sus resaltos superficiales (las corrugas), que no son decorativos: garantizan la adherencia entre el acero y el hormigón para que ambos trabajen como un solo material. El grado más habitual en edificación es el B500S (límite elástico de 500 MPa), soldable y disponible en diámetros normalizados de 6 a 40 mm, que se seleccionan según los esfuerzos de cada elemento.
El hormigón resiste muy bien la compresión pero muy mal la tracción, una diferencia que está en el origen del debate entre acero y hormigón armado. El acero corrugado se coloca precisamente en las zonas traccionadas de cada elemento, asumiendo esos esfuerzos. La adherencia que dan las corrugas es lo que permite que la carga se transfiera del hormigón al acero sin que las barras deslicen.
Esa colaboración funciona, además, porque ambos materiales comparten un coeficiente de dilatación térmica prácticamente idéntico: dilatan y contraen al unísono ante los cambios de temperatura, sin generar tensiones internas que romperían su unión. El hormigón también aporta al acero un entorno alcalino que lo pasiva y lo protege de la corrosión mientras el recubrimiento se mantenga sano.
Las barras se cortan, doblan y montan formando las armaduras (la “ferralla”) según el despiece del proyecto. Detalles como el recubrimiento mínimo de hormigón sobre las barras, los solapes y los anclajes son críticos: de ellos dependen tanto la resistencia como la protección del acero frente a la corrosión.
El doblado se hace con radios mínimos para no fisurar el acero, y los solapes y anclajes se dimensionan según la longitud necesaria para transmitir los esfuerzos por adherencia. Una ferralla mal ejecutada —barras desplazadas, recubrimientos insuficientes o solapes cortos— compromete la seguridad aunque el hormigón sea de buena calidad.
Está presente en toda estructura de hormigón armado: zapatas, pilares, vigas, forjados y muros. Es un tipo de acero estructural (habitualmente B500S) específico para armar, uno más entre los distintos tipos de acero de construcción, y totalmente reciclable.
En España su fabricación y empleo se rigen por la EHE-08 y la norma de producto UNE-EN 10080, dentro del marco del Eurocódigo 2. Estas normas fijan composición, propiedades mecánicas, soldabilidad y, sobre todo, la geometría de las corrugas, que está certificada para garantizar la adherencia. El acero llega a obra con marcado de identificación del fabricante y del grado, lo que permite trazar su origen y verificar su conformidad.
Son barras de acero con resaltos superficiales (corrugas) que mejoran su adherencia al hormigón. Se usan como armadura para que el conjunto resista la tracción.
Porque el hormigón resiste muy bien la compresión pero mal la tracción. El acero corrugado asume esos esfuerzos, formando el hormigón armado.
Es la denominación de un acero corrugado soldable con un límite elástico de 500 MPa, uno de los más utilizados en edificación.
Puede oxidarse si pierde el recubrimiento de hormigón. Una ligera capa de óxido superficial incluso mejora la adherencia, pero la corrosión avanzada es un problema.
Sí, como todo el acero, se recicla prácticamente al 100% sin perder propiedades.
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